martes, 25 de septiembre de 2012


El 23 de setiembre el país entero volvió al horario de invierno. El país entero menos yo, que adelanté el reloj toda una hora, en lugar de atrasarlo. Es mi forma de resistir a un acuerdo social que me parece absurdo. Mi cuerpo no quiere desperdiciar la mañana durmiendo, mi bolsillo no quiere encender la calefacción a las 3. Mis ojos no quieren luz eléctrica más de 4 horas. Es una cuestión de costumbre. En Uruguay, en verano oscurece pasadas las 9 de la noche. Amanece en invierno 7 y media pasaditas, y a las 6 de la tarde el cielo se empieza a colorear pero todavía queda un rato de luz. En primavera atrasamos el reloj. En otoño lo adelantamos. Igual que acá.
Desde la primera vez que vine a la tierra que El supuesto creador le prometió a mis supuestos antepasados, me llamó la atención que se saliera tan temprano. Las 10 de la noche es una hora más que normal para sentarse en un boliche a tomar una birra. Nosotros no salimos antes de las 12.
Era el año 92 y yo siempre estaba cansada. El único trabajo que no me dejaba agotada era en la fábrica, cuando entraba a las 4 de la matina. Claro, si a las 4 de la tarde ya es de noche, salir del laburo a las 12 del mediodía te deja un montón de horas de luz para curtir: 4.
Que la hora es una convención, igual que el lenguaje, es un hecho, no una opinión. Ahora, si en lugar de decir lenguaje, se me ocurriera decir cocción, nadie me entendería. En cambio, ¿qué pasa si para mí las 4 son las 6? Entretanto nada, sin embargo, sólo llevamos 2 días de este experimento. Vamos a ver qué pasa en los meses venideros.

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