El 23 de setiembre el país entero
volvió al horario de invierno. El país entero menos yo, que
adelanté el reloj toda una hora, en lugar de atrasarlo. Es mi forma
de resistir a un acuerdo social que me parece absurdo. Mi cuerpo no
quiere desperdiciar la mañana durmiendo, mi bolsillo no quiere
encender la calefacción a las 3. Mis ojos no quieren luz eléctrica
más de 4 horas. Es una cuestión de costumbre. En Uruguay, en verano
oscurece pasadas las 9 de la noche. Amanece en invierno 7 y media
pasaditas, y a las 6 de la tarde el cielo se empieza a colorear pero
todavía queda un rato de luz. En primavera atrasamos el reloj. En
otoño lo adelantamos. Igual que acá.
Desde la primera vez que vine a la
tierra que El supuesto creador le prometió a mis supuestos antepasados, me
llamó la atención que se saliera tan temprano. Las 10 de la noche
es una hora más que normal para sentarse en un boliche a tomar una
birra. Nosotros no salimos antes de las 12.
Era el año 92 y yo siempre estaba
cansada. El único trabajo que no me dejaba agotada era en la
fábrica, cuando entraba a las 4 de la matina. Claro, si a las 4 de
la tarde ya es de noche, salir del laburo a las 12 del mediodía te
deja un montón de horas de luz para curtir: 4.
Que la hora es una convención, igual
que el lenguaje, es un hecho, no una opinión. Ahora, si en lugar de
decir lenguaje, se me ocurriera decir cocción, nadie me entendería.
En cambio, ¿qué pasa si para mí las 4 son las 6? Entretanto nada,
sin embargo, sólo llevamos 2 días de este experimento. Vamos a ver
qué pasa en los meses venideros.

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